Pedro Infante: El ídolo irremplazable

Ganó solo un premio Ariel por actuación y por una de sus cintas menos recordadas. No obstante, en 1957, con su última película, Tizoc, fue reconocido póstumamente con el Oso de Plata en Berlín por mejor actuación masculina, convirtiéndose en el único actor mexicano reconocido con ese premio.

 

Pedro Infante cumpliría 99 años este 18 de noviembre, pero falleció el 15 de abril de 1957, cuando tenía 39 años. Carlos Monsiváis dijo alguna vez que para él, “es en gran medida un Infante desconocido porque no se ha querido ver la audacia interpretativa o no se ha revisado con el cuidado suficiente su filmografía. Él cambió en cada filme su meta. Y aunque tiene, sobre todo en las comedias, un aire repetitivo, lo cierto es que lo que lo distingue es la voluntad proteica, la decisión de cambio”.

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Ídolo de multitudes, incluso con una fama que ha llegado a nuestros días, se le reconoce por su carismática habilidad interpretativa, ya sea para la cantada o para la actuación. Aunque suele recordársele vestido de charro, o por lo menos con sombrero —como en las comedias rancheras que hizo, como Los tres huastecos (1948) y Dos tipos de cuidado (1953), pináculo de este subgénero—, su arrojo hizo posible que hiciera papeles de todo tipo: interpretó al compositor Juventino Rosas en Sobre las olas(1950), fue un carpintero de barrio en la emblemática trilogía de Ismael Rodríguez sobre Pepe El Toro (1948 y 1953), un migrante sin las mejores oportunidades en la Ciudad de México en el dramón Un rincón cerca del cielo (1952), un policía en motocicleta en ¿Qué te ha dado esa mujer? y su exitosa continuación ATM (ambas de 1951), entre muchísimos papeles más.

 

“El humano Pedro Infante que me interesa —decía Monsiváis— está en sus películas. El fue muy autobiográfico en sus interpretaciones. Esa era la humanidad de Infante que me resultaba en verdad fascinante. Infante es seguramente el actor mexicano que más ha sufrido en sus películas y que más ha gozado, ese ir al límite le ha permitido retener al público, multiplicarlo e irlo cambiando con cada generación. (Ismael) Rodríguez es el que le imprime esa desmesura, ese afán, por así decirlo, de comerse su realidad a su alcance fílmica o interpretativa en el sentido de actor y Pedro Infante corresponde intentando ir más allá de aquello que le solicita Rodríguez. Sin Rodríguez y sin Pedro Infante no hay Pedro Infante. Uno solo de los elementos no habría bastado”.

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Ismael Rodríguez lo dirigió en 16 películas, las más emblemáticas de su carrera, como Cuando lloran los valientes, Los tres huastecos, Los tres García, Vuelven los García, La oveja negra, No desearás la mujer de tu hijo, y algunas ya mencionadas arriba. Como le decía el propio Rodríguez a Andrés Bermea en una entrevista de 1991: “Creo que en lo que se refiere al actor, difícilmente, o tal vez nunca, volverá a surgir una figura tan completa como la de Pedro Infante porque cantaba estupendamente, (era) gran, gran, gran actor, toda la simpatía que el público sentía y el cariño que sentía por él, convertirse en ídolo. Entonces yo creo que no volverá a surgir otra figura como la de Pedro”.

 

Rodríguez también fue el responsable de Tizoc, la película en la que Infante compartió créditos con María Félix, con quien nunca había trabajado, y por la que ganó en el Festival de Cine de Berlín de 1957 el premio como mejor actor. Ocurrió después de su muerte; de hecho, como a Pedro no le gustaba ver el primer corte de las películas, sino verlas ya terminadas, nunca pudo ver Tizoc, la cual también recibió el Globo de Oro como mejor película extranjera.

 

“Él quería hacer una versión de Juan Diego —cuenta Rodríguez en la entrevista referida—, pero en ese tiempo, como si se hubieran puesto de acuerdo, hubo como tres o cuatro vírgenes de Guadalupe y Juan Diegos y le dije que no. Pero él me dijo: yo quiero ser un indio. De ahí empezó Tizoc”.

 

 

Cuando Ismael Rodríguez tenía listo el guión, Pedro mandó por él a uno de sus amigos. Este, que iba en una motocicleta, le dijo que irían con Pedro porque a él no le gustaba leer en la oficina. Ismael pensó que irían a su casa en la ciudad, pero se fueron al aeropuerto. Ahí lo subieron en una avioneta y Pedro lo llevó, pilotando su aeronave, hasta Mérida para leer el guión.

 

En Berlín, contaba Rodríguez, “compitió contra 42 actores entre esos Glenn Ford, Marlon Brando y Henry Fonda, estadounidenses, contra los mejores ingleses, japoneses, alemanes italianos y nunca supo que él iba a ser el mejor actor del mundo en ese festival. Y es más: cuando lo anunciaron, “mejor actor, Pedro Infante”, todo el público esperaba verlo. Ni lo conocían, nunca habían visto una película de él allá, y mucho menos sabían que estaba muerto. La expectación por verlo. Hasta que explicaron que habían muerto hacía unos días, fue impresionante ver cómo de las palmadas todo mundo se puso de pie y, sin que nadie se lo pidiera, guardó su minuto de silencio. Nomás se le ponía a uno la carne de gallina. Pasando el minuto de silencio, subió (Antonio) Matouk, que era el productor, y recibió el premio. Fue un aplauso larguísimo. Y eso nunca lo pudo conocer Pedro”.

 

Al año siguiente, en 1958, fue nominado en la terna de actuación por esta misma película en los Premios Ariel otorgados por la Academia Mexicana de Cinematografía. No ganó. El premio fue para Arturo de Córdova.